Fracción de vacío
Una correspondencia entre Daniel Saldaña París & Malén Denis
Hace unos días Daniel Saldaña París y yo decidimos empezar una correspondencia pública en nuestros Substacks. Hoy respondo su primera carta.
Querido amigo:
Cómo olvidar esas caminatas neoyorquinas. Acá, la primera torcedura: escribir sobre la realidad es siempre transformarla. Y si bien hubo solo una caminata, bien podrían haber sido muchas. Una conversación en espiral: muchos temas que volvían sobre sí mismos… Dudo haber afirmado que me mudaba “por amor”, pero #elijocreer, o, más bien, acepto tu interpretación y la disloco: si me mudé por amor, lo hice por amor a la escritura. En New York casi no podía escribir; demasiado trabajo comercial.
Nos sentamos en Union Square. Luego caminamos hacia el sur, entramos a Mcnally Jackson y te tomé una foto con un libro tuyo, aunque creo que no te diste cuenta, que me la robé, vos llevabas un pan integral en la mano, hablame de swag (no es exactamente lo mismo que estilo, pero está cerca). Pensamos en comprar regalos; no recuerdo si lo hicimos. Lamentamos que no hubiera más librerías; lamentamos también que New York fuera tan hermosa y tan hostil. O quizás esa fui yo, nuevamente: escribir es torcer.
En fin, sobre el estilo. Estuve releyendo a Benjamin. Con la fiebre de La Odisea (que no la vi, pero estoy de acuerdo ( ¿Con qué? Lo dejo abierto como la idea del amor)), tuve una alucinación lúcida de que de repente se hacía una biopic genial de Benjamin y salía todo el mundo a leer y releer sus ensayos, ¿no sería bellísimo?
Ayer estábamos en la playa con Antonio y Ulises (el niño real, no es metáfora) y yo leía y exclamaba: ay lo amo, ay lo amo. Creo que es porque su pensamiento tiene esta cualidad de lo inseparable: una persona que piensa todo al mismo tiempo, en infinitas direcciones y lo transmite con una claridad espeluznante, una cristalinidad. Y creo que, en términos de Benjamin, del estilo lo que terminamos viendo es una «traducción», pero es un modo de pensar, una arquitectura mental.
Estilo, desde la moda y desde la escritura, tenemos todos, pero hay que animarse a ejecutarlo, o, más bien, a darle rienda suelta. Abandonar la idea de controlarlo y/o imponerlo y aprender a oírlo, como algo que ya está ahí. Quizás lo que viste esa tarde es una cualidad de la transparencia: vidayanálisis, inseparables.
El mismo día que compré el libro de Benjamin, compré un ensayo de Edgar Morin sobre la complejidad, Introducción al pensamiento complejo (¡recomiendo!). Insiste en la idea de no reducir ni simplificar conceptos que caen bajo el paraguas de la “complejidad”. Honrar lo intrincado pero no como una pose, sino como necesidad política. Creo que a veces se me va la mano. Ahora que estoy retrabajando la novela que escribí el año pasado, me doy cuenta de que, en un afán de no reducir, tengo la ambición constante de que todo lo que soy, pienso, siento, discuto y predigo entre en el texto. En fin, escribir es aceptar una y otra vez la imposibilidad de decir lo que se quiere decir porque, a veces, la mayor cantidad de veces, se presenta insoportablemente entrelazado a un todo mayor. Hay que confiar en lo que no alcanza a decirse.
Otro tipo de caminatas: mientras te escuchaba hace unos días, una respuesta podcast a mi búsqueda de mentora o abuela, tú/vos me contabas que estabas incorporando la costumbre de ir con tus textos impresos a un café sin el móvil, y yo justamente me dirigía a fumar un cigarrillo en una terraza y a tomar notas sobre otra novela que estoy escribiendo.
El procedimiento: Me siento, cuaderno en mano y pluma con tinta violeta o verde, miro y capturo detalles de las personas que pasan o de mi memoria para seguir construyendo. Decidí, por ejemplo, que incluiría un llagut, que es una embarcación típica catalana de la que no sabía nada y que me tuve que poner a investigar. En mi escritura hay muchos medios de transporte últimamente y también mucha física clásica.
Ella estudió historia del arte y tiene un máster en curaduría. Vivió mucho tiempo en New York, donde se alejó del sistema de galerías y museos para trabajar corporate como buyer en una tienda departamental de lujo. Está de vacaciones en España coqueteando con la idea de no volver a su vida de cubículo en las venas de la tienda, y recibe una invitación a ir a Cadaqués de un hombre bastante mayor que ella que no conoce mucho, pero decide que quizás sea momento de encontrar un sugar daddy, ¿quién no fantaseó alguna vez con una solución mágica? Lo que pensé que iba a ser una comedia de enredos de nadie es quien dice ser terminó derivando en una novelita filosófica sobre la imposibilidad de fijar la identidad; suena parecido, pero no es exactamente lo mismo.
Fue el estilo lo que me llevó a intentar escribirla. La decisión de ponerlo a prueba, o de comprobar si existe en verdad y dónde están sus límites. Descubrí que la primera persona me estaba volviendo rígida, que aunque intentara usarla de distintas maneras para hacer lo de siempre: otra realidad, muchas veces terminaba cayendo en la tentación de creerme dueña de LA verdad. Entonces convertí lo que efectivamente fue un viaje a Cadaqués hace algunos años en la novela de verano que me gustaría leer, la noción de que uno siempre se transforma en los otros, con los otros, de que todo es espejo.
La primera persona se me hizo lejana y limitante y la tercera me ofreció un nuevo modo de hablar donde puedo ver muy claramente mis decisiones, pero tienen otra fuerza y otros límites. Digo esto y no puedo evitar pensar lacanianamente en que también estoy hablando de mudarme: decisiones con otras fuerzas y otros límites.
He leído dos novelas estos días en las que la primera persona está súper bien ejecutada. Y eso me llenó de fe, a pesar de mi alejamiento temporal. Una, la comentamos ya en privado, es Transcription de Ben Lerner. La otra es Principio, medio, fin de Valeria Luiselli. Me hicieron pensar en la posibilidad del uso del aparato de la primera como artilugio para desarticular el contrato con la “realidad”. Son novelas estables técnicamente, muy inteligentes en términos de trama y contenido, pero ambas tensan sus mecanismos de modo que es imposible no pensar que no importa, y nunca debería importar, si algo sucedió o no, dentro y fuera del texto. El lenguaje es lo que importa, el hecho de que ilumina y oscurece en iguales medidas. La arquitectura de una sensibilidad.
Ante mi respuesta llena de lagunas y de líneas que dejé fugarse, te propongo que me hables de porosidad (fenómeno que en física se conoce como “fracción de vacío”). También te regalo una pregunta que acaba de hacer Ulises en casa: “¿Los nombres pueden dar miedo?”.
Con mucho entusiasmo, cariño y admiración,
Malén
PD:
PD2: Esto es de un libro del papá de Xita que encontré en el Mercat de Sant Antoni tiempo después de nuestra caminata, que me parece que ilustra muy bien algo de todo lo que charlamos







Buenísimas reflexiones! Ya va con todo esta correspondencia. Ligar la canción de 'Trains and Boats and Planes' estuvo genial - no la conocía pero fue el perfecto vehículo para absorber el último tercio de tu carta. Ah, y el ensayo de Morin sobre la complejidad y la necesidad política me sonó un poco a lo que dice Iris Murdoch al principio de 'On Dryness' (y no lo digo solamente por agruparlos bajo el mismo paraguas :))
gran carta ♥️💖como se llama el libro, el de la última imagen ?